1 - IRME

Se ve muy lindo cumplir sueños

Se ve hermoso, sobre todo en las redes.

La valijita con su identificador de gatito y su funda con los sellitos de lugares. La mochila de mochilero con las banderas de los lugares en los que estuviste. La mochila viajera rosa, la más linda, la más «girlie».

Se ve muy lindo, sobre todo en las redes. La foto en el aeropuerto, el video subiendo al avión y la magia de la edición que te muestra de un segundo al otro en cualquier parte del mundo.

Ese es mi sueño, y se ve muy lindo.

Pero no se habla tanto de lo que hay atrás.

De lo extraño que es cómo la felicidad puede venir acompañada en una dualidad extraña con angustia, con tristeza o nostalgia. Con llantos desconsolados. Una dualidad o una cuestión más bien multiaxial, muchas caras de la misma experiencia.

No es fácil irse, no es tan sencillo priorizar el deseo, quizás justamente porque también, al menos en mi caso, conlleva renunciar.

Renunciar a mi moto, que fue un aire de libertad, de crecimiento e independencia. Que me llevo loma arriba por colón haciéndome pasar de un estado de malhumor o tristeza absoluta al dibujo de una sonrisa en la cara inevitable, inevitable por el viento que me pegaba y me hacía sonreír mientras apuraba el acelerador para subir. Allegra, no por nada la nombré así. Y algunos pensarán que soy una loquita que se quiere hacer la fierrera, pero es que Allegra fue una bocanada de aire fresco y no es fácil renunciar a ella.

Aceptar mi ausencia.

Lo más difícil. Mi familia, mis amigas, mi gente. Mis escapadas a la playa de manera improvisada sólo porque asomó un rayo de sol, y como vivo en la ciudad más increíble del mundo puedo salir corriendo a disfrutar de él y del mar aunque eso dure una hora, o veinte minutos hasta que aparezca la lluvia mandándome a casa de nuevo.

Las caminatas improvisadas con Clari. Los mates en la costa con Nadu. Mi cotidianeidad: salir a entrenar y cruzarme con Perla y Luqui. Caminar por la costa con mis amigas y decirles: ese es alumno mío, esa también. Agarrar la moto en invierno, emponcharme, irme a leer a un cafecito. Una cena con Juan, que termine en canto, coreo, videos, nuestros encuentros únicos.

Lo que más me pesa. Decirles chau a mi mamá y a mi papá. Su sonrisa. Me la tatuaría, aunque a veces no coincidamos, son mi pilar. Bianca, Valentino, Emma, Amelia y Sofía. La risa de Sofía. Las películas de Valentino. Las ocurrencias de Amelia. Emma y su sonrisa y dulzura. Bianca, mi punto débil, mi mini YO.

Lidiar con mi ausencia. Con la mía. Con no estar. No estar en el primer año de Sofía. No estar en el día favorito de Bianca (su cumple). No estar en el acto de fin de año de Valentino (que me encantan). No estar.

Mi mamá y mi papá. No compartir un cafecito en san juan.

Mis hermanas. Ellas son mi bandera no importa donde esté. Cuidándome desde chica, marcándome el camino, hasta que logré armar el mío. Mi fuerza y mi voluntad. Mi red de contención máxima y absoluta. Mi eternidad.

Desarmar mi casa. Llorar. Hacerme un listado de trámites. Ir tachándolos uno a uno.


Qué difícil los vínculos.

Pero no, no me malinterpretes, no me refiero a la habilidad de vincularse, o al desafío que lleva conocer gente nueva, sobre todo a partir de determinada edad donde las personalidades toman fuerza y determinan con mucha facilidad la afinidad entre las personas y la duración de cada relación en consecuencia. En ese lado no me veo complicada, siempre me gustó conocer gente nueva, y la verdad es que lo bueno de crecer es tener la fortaleza y seguridad para elegir qué gente mantener cerca y a quiénes no en el proceso de conocer nuevas personas.

No, me refiero a otra cosa.

Qué difícil vincularse, cuando tenes el corazón con tanta capacidad de sentir, de dar, de amar. Qué difícil exponerse al dolor que significa dejar de tener ese vínculo cerca. Qué difícil cuando se siente tanto, tan fuerte, tan profundo. Qué difícil vincularse cuando sos una persona que tiene miedo a perder las cosas lindas de su vida. Nose si es exactamente miedo a perderlas, es en realidad, esa valoración que le hago a todo aquello y a quienes amo, valorar la felicidad que aportan a mi vida, a mi día a día, las risas, las historias, las anécdotas, la calma y la tranquilidad. Es esa valoración que me hace pensar en toda la tristeza que albergaría ese espacio que ocupan los sentimientos increíbles que me generan, si algún día los pierdo.

Puede sonar dramático o catastrófico, y quizás en realidad, se trate de no pensar en que el día que me vaya su lugar va a quedar vacío, sino entender que el amor que me dieron queda conmigo, y me lo seguirán dando.

Pienso en la parte difícil de cumplir mis sueños, cuando esos sueños requieren irme, conocer el mundo, alejarme de mi lugar: mi ciudad con este mar hermoso, mi moto, mi casa, mi trabajo, mis amigas, mi familia. Tan fuerte es mi sueño como para sacrificar la alegría de tenerlos cerca? Físicamente cerca? No es fácil ir por el deseo, no logro entender por qué. Si es lo que quiero, por qué puede ser difícil?

Quizás, porque mi deseo está lejos de este lugar preciado que es mi vida en Mar del Plata, mi templo, mi hogar. Esta vida en la que ya conozco todas sus partes, sus alegrías y sus dramas, ya sé cómo moverme, sé qué fichas mover y cuándo, ya conozco todo. Supongo que es lo que le llaman zona de confort, no lo veo en un mal sentido, es mi zona de comodidad porque es el lugar en el que yo soy, sin más ni menos, soy. Ahora, irme atrás de mi deseo, significa dejar este espacio tranquilo incluso con sus intranquilidades, cómodo. Irme, dejar mi círculo, moverme, desordenarme, alejarme. Ya no tener a Juan a la vuelta de casa ni a Nadu cerca para tomar unos mates en la costa. No tener a mi mamá y a mi papá al lado, para ir a saludarlos cuando siento que hace mucho no se de ellos. No escuchar a Bianqui, Emma, Tino y Sofi llegar e ir a ver cómo están. Es esa cercanía la que pierdo, y que por más que me lleve todo el amor que les tengo conmigo, duele saber que voy a estar lejos. Pero dentro mío yo sé, que este sueño que vengo soñando incluso desde antes de saberlo, lo tengo que vivir. Esta todo dado, todo armado, solo tengo q saltar. Como esa imagen en mi mente que tengo desde que soy chica: soy yo corriendo, corriendo hasta un acantilado en el que salto. A veces la imagen terminaba ahí pero la mayoría de las veces, supe bien lo que completaba esa visual, y soy yo elevándome en el aire, con alas. Y supongo que se siente un poco así, se siente como si fuera a saltar, no me puedo quedar con la duda de lo que hubiera sido, vivir en el “Y si?”, “ Y si me hubiera ido a Nueva Zelanda?”, “Y si hubiera viajado por un año como siempre quise?”. Me da tranquilidad que, con todo el esfuerzo y el dolor que requiere desarraigarme de todo lo que construí acá, esos “Y sí?”, van a ser certezas. Y voy a poder responderlos, yo ya sé cómo es mi vida acá, ahora me toca conocerme en el mundo, donde sueño estar.

Tendré que aprender a llevar conmigo el amor de quienes amo y el dolor de estar lejos. Tendré que aprender a convivir con esa dualidad que generan los vínculos, lo hermoso, y lo triste, las dos caras de la moneda.

Tendré que verme como una casa, donde viven todas las historias y el amor que creció en todos estos años de mi vida con esta gente que me forma y me construye como la persona que soy. Preparar habitaciones nuevas, para nuevas experiencias, nuevas personas, llenarme de eso, convertirme en hogar de emociones, amores, risas y amistades nuevas.

Volver.

Conocer el mundo. Saltar el acantilado y volar.


 

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